Opinólogo: dícese de una persona que opina sobre un tema como si fuera un especialista. (Wikipedia, tomado de "Opinología")
Docencia: práctica y ejercicio del docente. (RAE)
Contradictorio, ¿no? Si la docencia es el ejercicio del docente, ¿quién mejor para evaluar su propia disciplina?
En fin. Todos opinamos sobre todo: que el médico debería haberle recetado a la vecina Fulanita el analgésico Perenganito, que el albañil debería haberle colocado la fórmula Casquito al agujerito del baño, que la abogada debería haber ido antes a Tribunales, blah blah blah blah blah. Lo peor es que, la mayoría de las veces, dichas opiniones están equivocadas o resultan incompletas, y que la docencia, créase o no, es la profesión con récord de opinólogos, al menos en los países de habla hispana. ¿Por qué? Es muy simple: creemos que es más difícil opinar sobre medicina, albañilería o abogacía que sobre educación, porque para opinar sobre el maestro no necesitamos vocabulario específico y porque todos, de una u otra manera, hemos tenido contacto con algún maestro a lo largo de nuestras vidas. Es decir, todos tenemos cierta experiencia con la educación y hemos sido afectados por el quehacer docente.
El problema radica en que, casi siempre, esas opiniones sobre esta profesión son dadas desde el universo subjetivo del individuo, desde su propio conocimiento de causa, su experiencia como padre y/o alumno, y no desde conocimientos reales de la disciplina ni saberes amplios del campo. Todas las opiniones sobre cualquier tema son subjetivas, pero para establecer ciertas sentencias, es necesario primero haber evaluado otras aristas de una misma situación, lo cual casi nunca se hace.
Les pido disculpas, pero haré un descargo personal en esto: me molesta sobremanera la gente que dice "los profesores no..." o "lo que el maestro tendría que hacer es...", porque por lo general se quejan de cuestiones que desconocen en su concepción más profunda, y proponen soluciones inverosímiles, o ninguna, en realidad, porque la frase "lo que el maestro tendría que hacer es..." nunca se completa con una clave concreta, sino con generalidades del tipo "manejar mejor al grupo". Claro, nadie te dice cómo manejar al grupo. La respuesta ante esto es: "bueno, eso lo tiene que saber el profesor, para eso es profesor".
¡Válgame Dios! Como se nota que jamás han pisado un aula ocupada por treinta o cuarenta chicos, cada uno con una problemática distinta, a los cuales les podemos dedicar, con suerte, apenas de una a cuatro horas por semana. Incluso hemos escuchado estas frases de algunos Licenciados en Educación, que claro, tampoco han pisado un aula llena de adolescentes a diario en su vida.
La gente se centra en el qué debe hacer el profesor, pero no en el cómo. Y el cómo es lo verdaderamente importante, porque con decir solo el qué, perdonen, pero rara vez están aportando algo. Muchos docentes tenemos los mismos sueños de marcar la diferencia, de ser un buen profesor, de dar lo mejor de nosotros para que "nuestros chicos" desarrollen al máximo sus capacidades, pero cada día se hace más difícil. No digo que no se pueda lograr ni que esté bajando los brazos, sólo digo que es cada día más complicado hacerlo.
Tampoco es culpa de los chicos, se trata de un conjunto de situaciones sociales y culturales que los llevan a una actitud de apatía total frente al estudio y hacia la figura de autoridad. Otra palabra que parece mala cuando no lo es, ¿o acaso en el trabajo no tenemos un jefe? Eso es una figura de autoridad que también debemos aprender a respetar -y tolerar- desde chicos, pero hoy en día, si decimos "autoridad" en la escuela, nos acusan de opresores.
Todas las responsabilidades se cargan en la escuela: la escuela alimenta, contiene psicológicamente, enseña valores, modales, ideologías... Los chicos primero necesitan PADRES, no maestros; y los profesores somos seres humanos, no tenemos superpoderes, no podemos hacerlo todo.
Claro que no todos los maestros tienen sueños altos, lamentablemente algunos jamás los han albergado y otros se han visto obligados a abandonarlos por presiones externas, pero ¿acaso no ocurre lo mismo en otras profesiones? En general los docentes tenemos estas expectativas -ya no diré sueños- o las hemos tenido, y siempre se pueden recuperar. Pero no opinando en su contra, como si el docente no fuera capaz en lo que hace, o como si desde afuera se pudiera comprender de verdad lo que significa hoy en día estar en un aula, tratar de explicar Shakespeare a quienes se les ha hecho creer que lo único valioso es el fútbol y el baile del caño, sin desmerecer nada.
Todos tenemos derecho a la opinión. No permitirla -y me atrevería a decir, no escucharla- es un acto de cobardía y de represión, sin embargo, hacer valer el derecho de opinar exige también un deber: el saber cómo opinar. Opinar es un arte y un oficio.
Yo no puedo decir al profesor qué hacer si no voy a aportar una propuesta que, al menos desde mi perspectiva, me parezca mejor, y mucho menos puedo generalizar o medir a los profesores de mi hijo con la vara de lo que consideré malas experiencias con profesores de mi pasado. Tampoco decir que alguien es un mal profesor porque ha hecho tal o cual cosa que a mí no me gustó. Les parecerá obvio, pero escucho sentencias como esas muy seguido.
Ocurre como con las reseñas literarias. Jamás se puede confiar en una reseña en la cual se diga "es un mal autor" o "el libro es malo", porque lo cierto es que el libro quizás no es malo, y el autor tampoco, es sólo que para las concepciones de quien lo critica, el libro dejó qué desear en algunos o todos los aspectos. Se puede decir "tal y tal cosa no me gustaron por esto, esto y esto", pero no "el libro es malo", porque eso descalifica prematura y casi seguro que injustamente.
Del mismo modo, se puede decir "tal o cual cosa que hizo el profesor no me gustó por esto, esto y esto". Es una opinión que abre al debate, que abre al diálogo, y no una sentencia o una opinión sin fundamento. ¿Es subjetiva? Sí. ¿Está mal? No. Porque, en definitiva, todos opinamos desde la subjetividad, pero sí hace falta saber manejar lo subjetivo, abrirse a otras posibilidades, estar abierto al diálogo e informarse antes de hablar. El problema es que en docencia, informarse equivale a experimentar, vivir el aula y no sólo leer sobre ella, porque, créanme, los libros siempre están uno o varios pasos más atrás de la realidad en que vivimos.
Opinar sobre el quehacer docente sin ser docente o sin ponerse en el lugar del docente -que, vamos, no todos tenemos que ser médicos para opinar de medicina- es como opinar sobre un programa de televisión sin haberlo mirado. Se termina sentenciando por moda, porque "lo escuché de", o por intuición, y lo peor es que algunos creen saber más que los mismos educadores sin haberse enfrentado jamás a un grupo de alumnos. Una cosa es tener sueños, proyectos y expectativas hipotéticas sin cómo, lo cual está muy bien, pero otra es refutar la acción docente real mediante ellos. Una vez que se hacen realidad, es otra cosa.
Quiero dejar en claro que el ánimo de esta crítica no es coartar la libertad de expresión de nadie ni defender enceguecidamente a todos los docentes, porque en esta disciplina también hay malos profesionales, como en todas las demás. La intención de este artículo es acercar a quienes no enfrentan un aula a diario las vivencias y perjuicios que la opinología representa en nuestro quehacer cotidiano, porque lo que los docentes necesitamos es trabajar codo a codo con la sociedad, propuestas, debate y no opinología.
Gracias por su comprensión.