“Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.”
Francisco de Quevedo
En los últimos artículos publicados, nos ocupamos de analizar algunos aspectos del capitalismo en educación y en los medios de comunicación. Sin ánimo de introducir tendencia social alguna, trataremos a continuación algunas de las consecuencias que el vigente sistema económico produce en el arte.
¿Qué es arte? Wikipedia (que no es santo de mi devoción, pero convengamos en que es bastante cómoda y, verificando los datos, puede resultarnos útil) cita que arte es «cualquier actividad o producto realizado por el ser humano con una finalidad estética o comunicativa, a través del cual se expresan ideas, emociones o, en general, una visión del mundo»[1]. Pero ¿quién dictamina lo que es arte y lo que no lo es? Del mismo modo, ¿quién dice lo que debe ser publicado como obra de arte y lo que no?
Como referíamos en artículos anteriores (ver: Y ahora, ¿quién va a lavar los platos?, en Literatura F&R, 13/05/11), la publicidad es uno de los medios más viables para transmitir las ideas y conveniencias del sistema imperante en la sociedad. Es por eso que busca mostrarnos la realidad ideal de dicho sistema, aunque esto se realice implícita y no explícitamente.
Del mismo modo, el pseudo-arte nos es impuesto como lo único disponible en el mercado, «lo que está de moda», lo bueno, ostentando los ideales sociales modernos. Suele disfrazarse con una atractiva portada y un argumento mitad trillado, mitad falsamente prometedor. Esto vale para películas, canciones, libros…
Si el arte se define como producto con finalidad estética, ¿cabe que Shakespeare ocupe el mismo sitio que las tangas? Esto equivale a: ¿cuántas veces encontramos un libro de Shakespeare que se vende junto al de la modelo de turno que decidió escribir algún que otro… eh… poema? ¿Cuántas veces un solo tema del disco ha valido los sesenta pesos que gastamos en comprarlo? ¿Cuántas veces le ha fallado el playback a nuestro ídolo y de pronto se nos aparece el mismísimo gallo Claudio en escena? Sin embargo, hemos sido tan bien instruidos en el amor por el artista, que inconscientemente nos hacemos los sordos. «No importa, sigue siendo un divino». Whaaat?
No se trata de criticar la literatura de masas, o cualquier otra producción masiva cuya finalidad y genialidad también puedan convertirla en una obra de arte, sino los criterios de selección de las obras y de los… mmm… artistas.
Los que probamos suerte en el mundo editorial sin la fortuna de poseer contactos o un nombre con el camino allanado, nos encontramos con un muro impenetrable. Supongo que lo mismo sucederá con aquellos que quieren formar parte del mundo de la música o de la pintura: se llenan de muy políticos «no» por parte de los pocos que se dignan a responder. Del resto, ni noticias, como si uno mendigara una publicación en lugar de ser valorado como un colega, como un artista. Claro que no todo el mundo que quiere publicar está apto para hacerlo, pero nos referimos aquí a quienes tienen la aptitud, pero no pueden vencer la indiferencia de los que aparentemente deciden su futuro como artista.
Esto es una carrera, y la competencia es feroz. El asunto es que, en esta carrera por ser reconocido, el concepto real de arte ya no importa. No importa cuán bueno seas escribiendo, tocando la guitarra o pintando; sólo importa que generes ventas. En cuanto no están seguros de que podrán vender tu obra, no importa tampoco cuán genial seas en lo que haces, cuán original, cuán perfeccionista. No importa que realmente puedas ser llamado artista, creador, innovador: la obra de Fulanito siempre será mejor que la tuya, por más mala o buena que esta sea. Quizás escribiendo del otro modo o haciéndonos amigos del dueño tendremos la suerte de que caiga el muro y seamos tocados por la varita mágica.
Lo grave es que, con estos criterios, publican muchos que no deberían publicar, y quedan en el camino otros que son literalmente ignorados por los que ostentan el poder. Si una novela de Equis llevara como autor el nombre del Fulanito que ya es conocido, quizás sería publicada, pero como dice Equis, ni siquiera es leída: como llega el archivo, suele ser eliminado.
Claro que esta gente apuesta su dinero a la obra de alguien y quiere recibir algo a cambio, eso es lógico, pero no quiere decir que sea correcto, ni mucho menos lo mejor para el intelecto de la masa.
Lo pensó Quevedo en el siglo XVII, ¿por qué no iba a ser cierto también en el XXI? «Y pues quien le trae al lado / es hermoso, aunque sea fiero», de modo que Quevedo fue un pionero de la ciencia ficción (calmaos, es broma) ¿Utópica o distópica? Sólo el tiempo lo sabrá, porque nosotros, posiblemente, ya estaremos muertos.
En el segundo párrafo nos preguntábamos quién determina lo que hoy debe significar arte y, por lo tanto, ser publicado con apariencia de tal. Fiel a la literatura de tangas, la de los zonzos, la que va ocupando más y más sitio en la librería, daremos la respuesta de forma explícita, por si acaso queda algún dormido que aún no se ha dado cuenta de la conclusión obvia de este artículo obvio: quien determina qué es arte en nuestros días, quien decide lo que será o no será publicado, contrario de lo que se piense, no es una persona ni es una compañía, es el ser inmaterial al que Quevedo parecía tenerle tanto miedo, pero que, sin embargo, adoraba (pues para apropiarse de la casa del pobre y arruinado Góngora, ¡sí que había que ser fiero!)
Poderoso caballero / es don Dinero.